Opinión

Arturo Massol Deyá

Que no le pase a la isla lo que le pasó a San Juan

15 de agosto de 2026

Aunque el calentamiento global y el fenómeno de El Niño son los causantes de los patrones atípicos de lluvia y la sequía actual, el problema de abastecimiento de agua en Puerto Rico tiene otro origen. Y esa causa no es natural, sino política.

Un modelo de desarrollo insostenible ha provocado desparrame urbano con impactos directos en las cuencas hidrográficas. Solo hay que echarle un vistazo al nivel de los embalses para confirmar que, a menor presencia de bosques, menos agua.

En el este del país ubican los embalses que agonizan por falta de agua, entre ellos Carraízo, Cidra y La Plata. Dicha escasez ha provocado, durante varios meses este año, interrupciones prolongadas en el servicio de agua, que recientemente derivaron en un racionamiento formal, a la población de San Juan, Carolina, Loíza, Trujillo Alto, Canóvanas, Gurabo, Juncos y Río Grande.

Sin embargo, un millón de personas de la zona metropolitana de San Juan que se sirven del Superacueducto no están bajo el plan de racionamiento. Su fuente de agua no es “el tubo”, sino el Río Grande de Arecibo que nace en la Cordillera Central.

Entretanto, en el oeste, centro y sur se observan embalses en relativo buen estado como Cerrillos, Garzas, Caonillas, Guajataca, Dos Bocas, Carite y Patillas. Los residentes de estas zonas tampoco tienen racionamiento de agua.

¿La diferencia? Las cuencas hidrográficas de los lagos Carraízo y La Plata tienen solo 36% de cobertura boscosa, versus 80% del Lago Dos Bocas.

Nosotros no controlamos la lluvia, pero sí el uso de los espacios. Nuestra crisis de agua tiene más que ver con el manejo que hacemos de la naturaleza que con si llueve o no.

El racionamiento responde a la poca capacidad de recarga de nuestros embalses en periodos secos y a la reducida capacidad de almacenaje por la sedimentación.

Los niveles bajan porque se extrae más agua de la que llega al embalse. Pero ¿por qué el río mantiene caudal aún con semanas o meses sin lluvia? Porque cuando llueve los bosques actúan como grandes esponjas que luego, poco a poco, liberan el líquido manteniendo flujos mínimos en los ríos.

Este es el capital natural, el verdadero acueducto.

La clave del embalse es su estratégica localización en un río principal cuya cuenca hidrográfica mantenga un flujo mínimo de sus tributarios para reemplazar el agua que la AAA desvía para consumo humano. Por lo tanto, es vital la protección de los bosques y las cuencas hidrográficas.

Si hoy los abonados del Superacueducto no experimentan racionamiento es gracias a los bosques de la Cordillera, los mismos que diversas comunidades han defendido de propuestas de desarrollo insostenibles como la minería a cielo abierto y un gasoducto.

También hay otras acciones que debemos tomar para proteger el recurso agua.

La AAA pierde el 60 por ciento del agua que produce, según su propio cálculo; y las personas usamos el agua como si fuera infinita. Transformar esos patrones resulta imprescindible.

En medio de la emergencia, se le cuestiona a la AAA cuándo dragará los embalses, pero una vez comienza a llover cambiamos el tema. La conversación debe girar en torno a cómo vamos a proteger los bosques y los ríos del desarrollo de infraestructura desmedido que provoca deforestación, destruye los ecosistemas, acapara y explota el recurso agua, poniendo en riesgo la vida misma.

Porque la nueva ley que autoriza a construir en suelos rústicos ecológicos y la desregulación del Karso son una condena a la “isla” de lo que le pasó a San Juan y el desparrame urbano que le circunda. Y eso a su vez será la sentencia final de los metropolitanos, las industrias, los hoteles, los comercios, los malls, las agencias, el Capitolio y todo el andamiaje gubernamental, que necesitan de esos bosques, aunque miren para el lado.